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JORNADA DE LAS MONJAS CONTEMPLATIVAS – 15/VI/ 2014

| 13 junio, 2014

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos en este domingo la solemnidad de la Santísima Trinidad. En este día de gozo confesamos nuestra fe en la Trinidad santa, adoramos su unidad todopoderosa y damos gloria a Dios uno y trino porque nos permite entrar en la intimidad y riqueza  de la vida trinitaria.

El Misterio Pascual culmina el cumplimiento de los planes amorosos de Dios a favor de la humanidad. En él somos regenerados, consagrados y elevados a la inmerecida condición de hijos de Dios, para llegar un día a ser semejantes a Él cuando le veamos tal cual es. Todo esto lo recibimos y vivimos en la celebración de la Pascua. En este domingo, saboreamos y contemplamos este don y la Iglesia entera se hace confesión de la gloria de Dios, adoración y acción de gracias a la Santísima Trinidad.

A partir del bautismo, la vida del cristiano es una vida “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, es decir en, con y para la Trinidad. Nuestra consagración a Dios uno y trino es robustecida por el sacramento de la confirmación y alentada constantemente por nuestra participación en los sacramentos de la penitencia y
de la eucaristía. Desde el bautismo formamos parte de la familia de Dios. Somos hijos del Padre, hermanos del Hijo y ungidos por el Espíritu. La Santísima Trinidad nos abre sus puertas, nos introduce en su intimidad y hace que participemos de la vida divina.

Para que no olvidemos que esta  debe ser nuestra aspiración más profunda y el auténtico norte de nuestra vida, en la solemnidad de la Santísima Trinidad la Iglesia celebra todos los años la Jornada “Pro orantibus”, día especialmente dedicado a los monjes y monjas contemplativos. En esta jornada, la Iglesia y cada uno de nosotros les devolvemos con nuestra oración y nuestro afecto lo mucho que debemos a estos hermanos y hermanas, que hacen de su vida una donación de amor, una ofrenda a la Santísima Trinidad y una plegaria constante por la Iglesia y por todos nosotros.

Ellos nos recuerdan cada día nuestra vocación más profunda y nos ofrecen el testimonio de la vivencia gozosa de esa vocación. Llamados y consagrados por el Señor, y habiendo respondido con espíritu de fe a su llamada, viven como Él en pobreza, castidad y obediencia, encarnando el espíritu de las Bienaventuranzas. En la soledad y el silencio, en la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración, la mortificación y el trabajo, dedican toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. De este modo, contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios. Al mismo tiempo, viviendo con hondura la vida comunitaria y siendo de verdad un sólo corazón y una sola alma, son para los hijos de la Iglesia signo de fraternidad en medio de un mundo golpeado por tantas
fracturas, heridas y divisiones.

En la Exhortación Apostólica Vita Consecrata nos decía el Papa Juan Pablo II que “los monasterios han sido y siguen siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, un lugar acogedor para quienes buscan a Dios y las cosas del espíritu, escuelas de fe y verdaderos laboratorios de estudio, de diálogo y de cultura para la edificación de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de la celestial” (n. 16). En estas escuelas de fe y de contemplación que son nuestros monasterios, los monjes y monjas contemplativos son maestros y testigos del amor más grande y de la vida en Dios y para Dios, que todos estamos llamados a vivir y de la que gozaremos definitivamente en el cielo. Ellos, no anteponiendo nada al amor de Cristo, como escribiera San Benito, nos enseñan cuáles son los valores permanentes en los que
debe cimentarse nuestra vida, entre los que destaca como supremo valor el reconocimiento explícito y comprometido del primado de Dios, constantemente alabado, adorado, servido y amado con toda la mente, con toda el alma y con todo el corazón (Mt 22,37).

Nuestra Archidiócesis tiene el privilegio de contar con treinta y ocho monasterios de monjas contemplativas. En su conjunto constituyen un inapreciable tesoro que, especialmente en este día, agradecemos al Señor, pues son un torrente de energía sobrenatural para nuestra Iglesia particular. Al mismo tiempo que les encomiendo la oración por la santidad de los sacerdotes, la perseverancia de los seminaristas, las vocaciones sacerdotales, la fidelidad de los consagrados y el crecimiento en la fe de nuestros laicos, les aseguro el afecto de toda la Archidiócesis y nuestra oración para que el Señor las confirme en la fidelidad a la hermosa vocación que les ha regalado en su Iglesia y premie su entrega con muchas, generosas y santas vocaciones que perpetúen la historia brillante y gloriosa de sus monasterios.

Para ellas y para todos vosotros, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

Fotografías: santapaula.es

COMUNICADO DEL ARZOBISPADO DE SEVILLA

| 9 junio, 2014

COMUNICADO DEL ARZOBISPADO DE SEVILLA SOBRE LA SALUD

DEL SEÑOR CARDENAL CARLOS AMIGO VALLEJO

La Oficina de información al Arzobispado de Sevilla tiene el deber de hacer público el siguiente comunicado:

En el día de ayer, domingo 8 de junio, el señor cardenal Fray Carlos Amigo Vallejo, arzobispo emérito de Sevilla, fue ingresado en la unidad de cuidados intensivos del Hospital san Francisco de Asís de Madrid por sufrir fuertes dolores abdominales.

En la tarde de hoy 9 de junio, después de diagnosticar una apendicitis, ha sido intervenido quirúrgicamente por el doctor José Antonio Lavalle Echevarría y su equipo. La intervención, realizada bajo anestesia general, ha durado una hora y cuarenta y cinco minutos y ha resultado plenamente satisfactoria.

El señor cardenal permanecerá toda la noche en observación postoperatoria. El equipo médico determinará el tiempo de hospitalización e informará de la evolución del paciente.

El arzobispo de Sevilla y su obispo auxiliar piden a los sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas y laicos que encomienden al Señor y a su Madre bendita en su título de los Reyes la plena recuperación de la salud del señor cardenal. Ruegan al mismo tiempo a los sacerdotes y rectores de iglesias y oratorios que en la celebración de la Santa Misa incluyan en la oración de los fieles una plegaria por su pronto restablecimiento.

Sevilla, 9 de junio de 2014

 

Crédito fotografía: Conferencia Episcopal

Actos de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo

| 8 junio, 2014

El pasado martes, 3 de junio, la Orden de Caballeros de San Clemente y San Fernando estuvo presente  en la conmemoración del bicentenario de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, presididos por S.M el Rey de España Don Juan Carlos I, acompañado de S.A. el Principe de España Don Felipe, con motivo de l Capitulo anual y conmemoración del bicentenario fundacional, en el Real Monasterio del Escorial.

Recepción del acto Monasterio del El Escorial, el Presidente-Regidor con S.A.R. el Principe de España, junto con el Vicepresidente y la esposa del General Gimeno.

Recepción del acto Monasterio del El Escorial, el Presidente-Regidor con S.A.R. el Principe de España, junto con el Vicepresidente y la esposa del General Gimeno.

Con el Gran Canciller de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo Exmo. Sr. General Garcia de la Vega, el Presidente-Regidor, el vicepresidente y la Dama de la Orden Doña CarmenTorres, que representaba en este acto, a la Cofradía Internacional de Investigadores " Santo Cristo de la Oliva".

Con el Gran Canciller de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo Exmo. Sr. General Garcia de la Vega, el Presidente-Regidor, el vicepresidente y la Dama de la Orden Doña CarmenTorres, que representaba en este acto, a la Cofradía Internacional de Investigadores ” Santo Cristo de la Oliva”.

Actos en honor a San Fernando 2014

| 22 abril, 2014

ORDEN DE CABALLEROS DE SAN CLEMENTE Y SAN FERNANDO

Actos en honor a San Fernando

· Apertura urna de San Fernando: El 14 de Mayo a las ocho de la mañana en la Capilla Real, Iglesia Catedral Sevilla.

· Pregon de San Fernando: El 19 de Mayo a las 20,00h. en la Capilla Real, por el Ilmo. Sr. Don José María Millan Martinez, Coronel Jefe Regimiento de Guerra Electrónica nº 32, Acuartelamiento del Copero.

· Solemne Triduo a San Fernando: Durante los dias 20,21,y 22 de Mayo a las 20,00h en la Capilla Real, de la S.i. Catedral Hispalense.

· Conferencia del Excmo. Sr. Don Luis Valero de Bernabé y Martin de Eugenio, Marqués de Casa Real: El Jueves 29 de Mayo, a las 20,00h en el Salon Real del Real Circulo de Labradores y Propietarios de Sevilla.

· Festividad de San Fernando: el 30 de Mayo a las 08,00 apertura de la urna y a las 08,30 horas, en la Capilla Real,  Misa presidida por el Sr. Arzobispo Gran Maestre Protector de la Orden. A las 12,00 horas  Misa en el Altar Mayor organizada por el REW-32. Acuartelamiento de Tablada.

Feliz Pascua. Hermanas Cistercienses de San Clemente de Sevilla

| 20 abril, 2014

Vía Crucis Santo Padre 2014

| 19 abril, 2014

OFICINA PARA LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS
DEL SUMO PONTÍFICE  

VIA CRUCIS
EN EL COLISEO

PRESIDIDO POR EL SANTO PADRE
FRANCISCO

VIERNES SANTO
Roma, 18 de abril de 2014

«EL ROSTRO DE CRISTO,
EL ROSTRO DEL HOMBRE»

MEDITACIONES de S.E. Mons. Giancarlo Maria BREGANTINI,
Arzobispo de Campobasso-Boiano

 

INTRODUCCIÓN

«El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron”» (Jn 19,35-37).

Dulce Jesús, 
subiste al Gólgota sin hesitar, como gesto de amor,
y te dejaste crucificar sin lamento.
Humilde hijo de María,
cargaste con nuestra noche
para mostrarnos con cuánta luz
querías henchir nuestro corazón.
En tu dolor, reside nuestra redención,
en tus lágrimas, se bosqueja la «hora»
en la que se desvela el amor gratuito de Dios.
Siete veces perdonados 
en tus últimos suspiros de hombre entre los hombres, 
nos devuelves a todos al corazón del Padre,
para indicarnos en tus últimas palabras 
la vía redentora para todo nuestro dolor.
Tú, el plenamente encarnado, te anonadas en la cruz,
solamente comprendido por Ella, la Madre,
que permanecía fielmente al pie de aquel patíbulo.
Tu sed es fuente de esperanza siempre encendida, 
mano tendida incluso para el malhechor arrepentido, 
que hoy, gracias a ti, dulce Jesús, entra en el paraíso. 
Concédenos a todos nosotros, Señor Jesús crucificado, 
tu infinita misericordia,
perfume de Betania en el mundo,
gemido de vida para la humanidad. 
Y, confiados finalmente en las manos de tu Padre, 
ábrenos la puerta de la vida que nunca muere. Amén.

PRIMERA ESTACIÓN

Jesús condenado a muerte
El dedo acusador

«Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Por tercera vez les dijo: “Pues, ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré”. Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío. Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad» (Lc 23,20-25).

Un Pilato atemorizado que no busca la verdad, el dedo acusador y el creciente clamor de la multitud, son los primeros pasos de la muerte de Jesús. Inocente como un cordero cuya sangre salva a su pueblo. Ese Jesús, que ha pasado entre nosotros curando y bendiciendo, es condenado ahora a la pena capital. Ninguna palabra de gratitud por parte del gentío que, en cambio, elige a Barrabás. Para Pilato, se convierte en un caso embarazoso. Lo entrega a la muchedumbre y se lava las manos, enteramente apegado a su poder. Lo entrega para que sea crucificado. No quiere saber nada de él. Para él, el caso está cerrado.

La condena apresurada de Jesús acoge así las acusaciones fáciles, los juicios superficiales entre la gente, las insinuaciones y prejuicios, que cierran el corazón y se convierten en cultura racista, de exclusión y descarte, con cartas anónimas y horribles calumnias. Si acusados, se salta inmediatamente en primera página; si absueltos, se termina en la última.

¿Y nosotros? ¿Sabremos tener una conciencia recta y responsable, transparente, que nunca dé la espalda al inocente, sino que luche con valor en favor de los débiles, resistiéndose a la injusticia y defendiendo por doquier la verdad ultrajada?

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ORACIÓN

Señor Jesús,
hay manos que amparan y hay manos que firman sentencias injustas.
Haz que, ayudados por tu gracia, no descartemos a nadie. 
Defiéndenos de la calumnia y la mentira. 
Ayúdanos a buscar siempre la verdad, 
y a estar siempre de parte de los débiles.
Y concede tu luz a quien, por misión, debe juzgar en el tribunal,
para que emita siempre sentencias justas y verdaderas. Amén.

SEGUNDA ESTACIÓN

Jesús con la cruz a cuestas
El pesado madero de la crisis

«Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados. Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas» (1 P 2,24-25).

Pesa el madero de la cruz, porque, en él, Jesús lleva consigo todos nuestros pecados. Se tambalea bajo este peso, demasiado grande para un solo hombre (cf. Jn 19,17).

Es también el peso de todas las injusticias que ha causado la crisis económica, con sus graves consecuencias sociales: precariedad, desempleo, despidos; un dinero que gobierna en lugar de servir, la especulación financiera, el suicidio de empresarios, la corrupción y la usura, las empresas que abandonan el propio país.

Esta es la pesada cruz del mundo del trabajo, la injusticia en la espalda de los trabajadores. Jesús la carga sobre sus hombros y nos enseña a no vivir más en la injusticia, sino a ser capaces, con su ayuda, de crear puentes de solidaridad y esperanza, para no ser ovejas errantes ni extraviadas en esta crisis.

Volvamos, pues, a Cristo, pastor y guardián de nuestras almas. Luchemos juntos por el trabajo en reciprocidad, superando el miedo y el aislamiento, recuperando la estima por la política y tratando de solventar juntos los problemas.

La cruz, entonces, se hará más ligera, si la llevamos con Jesús y la levantamos todos juntos, porque con sus heridas – resquicios de luz – hemos sido curados.

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ORACIÓN

Señor Jesús,
cada vez se hace más densa nuestra noche. 
La pobreza se torna miseria. 
No tenemos pan para los hijos y nuestras redes están vacías. 
Nuestro futuro es incierto. Vela por el trabajo que falta. 
Despierta en nosotros el celo por la justicia, 
para que no arrastremos la vida, 
sino que la llevemos con dignidad. Amén.

TERCERA ESTACIÓN

Jesús cae por primera vez
La fragilidad que se abre a la acogida

«Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él» (Is 53,4-5).

Es un Jesús frágil, muy humano, el que contemplamos con asombro en esta estación de gran dolor. Pero es precisamente esta caída en tierra lo que revela aún más su inmenso amor. Está acorralado por el gentío, aturdido por los gritos de los soldados, cubierto por las llagas de la flagelación, lleno de amargura interior por la inmensa ingratitud humana. Y cae. Cae por tierra.

Pero en esta caída, en este ceder al peso y la fatiga, Jesús vuelve a ser una vez más maestro de vida. Nos enseña a aceptar nuestras fragilidades, a no desanimarnos por nuestros fallos, a reconocer con lealtad nuestras limitaciones: «El deseo del bien está a mi alcance – dice san Pablo – pero no el realizarlo» (Rm 7,18).

Con esta fuerza interior que viene del Padre, Jesús también nos ayuda a aceptar las debilidades de los demás; a no indignarnos con quien ha caído, a no ser indiferentes con quien cae. Y nos da la fuerza para no cerrar la puerta a quien llama a nuestra casa pidiendo asilo, dignidad y patria. Conscientes de nuestra fragilidad, acogeremos entre nosotros la fragilidad de los emigrantes, para que encuentren seguridad y esperanza.

En efecto, en el agua sucia del cántaro del Cenáculo, es decir, en nuestra fragilidad, es donde se refleja el verdadero rostro de nuestro Dios. Por eso, «todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne, es de Dios» (1 Jn 4,2).

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ORACIÓN

Señor Jesús, 
que te has humillado para rescatar nuestra debilidad, 
haznos capaces de entrar en una verdadera comunión 
con nuestros hermanos más pobres. 
Arranca de nuestro corazón toda raíz de miedo y cómoda indiferencia, 
que nos impide reconocerte en los emigrantes, 
para dar testimonio de que tu Iglesia no tiene fronteras,
sino que es verdadera madre de todos. Amén.

CUARTA ESTACIÓN

Jesús se encuentra con la Madre
Lágrimas solidarias

«Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2,34-35). «Llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros» (Rm12,15-16).

Este encuentro de Jesús con María, su madre, está cargado de emoción, de lágrimas amargas. En él se expresa la fuerza invencible del amor materno, que supera todo obstáculo y sabe abrir caminos. Pero impresiona aún más la mirada solidaria de María, que comparte e infunde fuerza al Hijo. Nuestro corazón se llena así de asombro al contemplar la grandeza de María, precisamente en su hacerse, ella misma criatura, «prójimo» para con su Dios y su Señor.

Ella recoge las lágrimas de todas las madres por sus hijos lejanos, por los jóvenes condenados a muerte, asesinados o enviados a la guerra, especialmente por los niños soldados. En ellas escuchamos el lamento desgarrador de las madres por sus hijos, moribundos a causa de tumores producidos por la quema de residuos tóxicos.

¡Qué lágrimas tan amargas! ¡Solidaridad en compartir la ruina de los hijos! Madres que velan en la noche, con las luces encendidas, temblando por los jóvenes abrumados por la inseguridad o en las garras de la droga y el alcohol, especialmente las noches del sábado.

Junto a María, nunca seremos un pueblo huérfano. Nunca olvidados. Como a san Juan Diego, María también nos ofrece a nosotros la caricia de su consuelo materno, y nos dice: «No se turbe tu corazón […] ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 286).

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ORACIÓN

Salve, Madre, 
dame tu santa bendición. 
Bendíceme, a mí y a toda mi casa.
Dígnate ofrecer a Dios todo lo que hoy haré y soportaré, 
unido a tus méritos y a los de tu santísimo Hijo.
Te ofrezco y dedico todo mi ser y todas mis cosas a tu servicio, 
poniéndome por entero bajo tu manto. 
Obtén para mí, Señora, la pureza de la mente y del cuerpo, 
y haz que, en este día,
no haga nada que desagrade a Dios. 
Te lo pido por tu Inmaculada Concepción 
y tu intacta virginidad. Amén

(San Gaspar Bertoni).

 

QUINTA ESTACIÓN

El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz
La mano amiga que levanta

«A uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz» (Mc 15,21).

Simón de Cirene pasa casualmente por allí. Pero se convierte en un encuentro decisivo en su vida. Él volvía del campo. Hombre de fatigas y vigor. Por eso se le obligó a llevar la cruz de Jesús, condenado a una muerte infame (cf. Flp 2,8).

Pero este encuentro, el principio casual, se trasformará en un seguimiento decisivo y vital de Jesús, llevando cada día su cruz, negándose a sí mismo (cf. Mt 16,24-25). En efecto, Simón es recordado por Marcos como el padre de dos cristianos conocidos en la comunidad de Roma: Alejandro y Rufo. Un padre que ha impreso ciertamente en el corazón de los hijos la fuerza de la cruz de Jesús. Porque la vida, si uno se aferra demasiado a ella, enmohece y se agosta. Pero si la ofrece, florece y se convierte en espiga de grano, para él y para toda la comunidad.

En esto radica la verdadera cura de nuestro egoísmo, siempre al acecho. La relación con el otro nos rehabilita y crea una hermandad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que puede soportar las penas de la vida, apoyándose en el amor de Dios. Sólo con el corazón abierto al amor divino, me veo impulsado a buscar la felicidad de los demás en tantos gestos de voluntariado: una noche en el hospital, un préstamo sin intereses, una lágrima enjugada en familia, la gratuidad sincera, el compromiso con altas miras por el bien común, el compartir el pan y el trabajo, venciendo toda forma de recelo y envidia.

El mismo Jesús nos lo recuerda: «Lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

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ORACIÓN

Señor Jesús, 
en el Cireneo amigo vibra el corazón de tu Iglesia, 
que se hace refugio de amor para cuantos tienen sed de ti. 
La ayuda fraterna es la clave para atravesar juntos la puerta de la Vida. 
No permitas que nuestro egoísmo nos haga pasar de largo, 
y ayúdanos a derramar el ungüento de consolación en las heridas de los otros, 
para hacernos compañeros leales de camino,
sin evasivas y sin cansarnos nunca de optar por la fraternidad. Amén.

SEXTA ESTACIÓN

Verónica enjuga el rostro de Jesús
La ternura femenina

«Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación» (Sal 26,8-9).

Jesús se arrastra con dificultad, jadeando. Pero la luz de su rostro se mantiene intacta. No hay ofensa que pueda oponerse a su belleza. Los salivazos no la han empañado. Los golpes no han conseguido quebrarla. Este rostro se parece a una zarza ardiente que, cuanto más se le ultraja, más consigue emanar una luz de salvación. De los ojos del Maestro manan lágrimas silenciosas. Lleva el peso del abandono. Sin embargo, Jesús avanza, no se detiene, no vuelve atrás. Afronta la opresión. Está turbado por la crueldad, pero él sabe que su muerte no será en vano.

Jesús, entonces, se detiene ante una mujer que viene a su encuentro sin titubeos. Es la Verónica, verdadera imagen femenina de la ternura.

El Señor encarna aquí nuestra necesidad de gratuidad amorosa, de sentirnos amados y protegidos por gestos de solicitud y de cuidados. Las caricias de esta criatura se empapan de la sangre preciosa de Jesús y parecen purificarlo de las profanaciones recibidas en aquellas horas de tortura. La Verónica consigue tocar al dulce Jesús, rozar su candor. No sólo para aliviar, sino para participar en su sufrimiento. Reconoce en Jesús a cada prójimo que ha de consolar, con un toque de ternura, para entrar en el gemido de dolor de los que hoy no reciben asistencia ni calor de compasión. Y mueren de soledad.

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ORACIÓN

Señor Jesús, 
¡qué amarga la indiferencia de quien creíamos 
a nuestro lado en los momentos de desolación! 
Pero tú nos cubres con ese paño 
que lleva impresa tu sangre preciosa, 
que has derramado a lo largo del camino del abandono,

que también tú sufriste injustamente. 
Sin ti, no tenemos 
ni podemos dar alivio alguno. Amén.

 

SÉPTIMA ESTACIÓN

Jesús cae por segunda vez
La angustia de la cárcel y de la tortura

«Me rodeaban cerrando el cerco… Me rodeaban como avispas, ardiendo como el fuego en las zarzas, en el nombre del Señor los rechacé. Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó… Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte»(Sal117,11.12-13.18).

En Jesús se cumplen verdaderamente las antiguas profecías del Siervo humilde y obediente, que carga sobre sus hombros toda nuestra historia de dolor. Y así, Jesús, llevado a empellones, se desploma por la fatiga y la opresión, rodeado, circundado por la violencia, ya sin fuerzas. Cada vez más solo, cada vez más en la oscuridad. Lacerado en la carne, con los huesos magullados.

En él reconocemos la amarga experiencia de los detenidos en prisión, con todas sus contradicciones inhumanas. Rodeados y cercados, «empujados para derribarlos». A la cárcel se la mantiene aún hoy demasiado lejana, olvidada, rechazada por la sociedad civil. Hay absurdos de la burocracia, lentitud de la justicia. El hacinamiento es una doble pena, un dolor agravado, una opresión injusta, que desgasta la carne y los huesos. Algunos – demasiados – no sobreviven… Y aun cuando un hermano nuestro sale, lo seguimos considerando «ex recluso», cerrándole así las puertas del rescate social y laboral.

Pero más grave es la tortura, por desgracia muy practicada en varias partes de la tierra de muchos modos. Como lo fue para Jesús, también él golpeado, humillado por la soldadesca, torturado con la corona de espinas, azotado con crueldad.

Ante esta caída, cómo nos percatamos de  la verdad de aquellas palabras de Jesús: «Estuve en la cárcel y no me visitasteis» (Mt 25,36). En toda cárcel, junto a cada torturado, siempre está él, el Cristo que sufre, encarcelado y torturado. Aunque probados duramente, él es nuestra ayuda, para no ser entregados al miedo. Sólo juntos nos levantamos, acompañados por agentes apropiados, apoyados en la mano fraterna de los voluntarios y rescatados de una sociedad civil que hace suyas las muchas injusticias cometidas dentro de los muros de una prisión.

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ORACIÓN

Señor Jesús, 
una conmoción indecible me embarga 
al verte postrado en tierra por mí. 
No hallas mérito alguno, sino una multitud de pecados, incongruencias, debilidades. 
Y ¡qué amor de predilección como respuesta! 
Al margen de la sociedad, denigrados por los juicios, 
tú nos has bendecido para siempre. 
Dichosos nosotros si hoy estamos aquí, por tierra, contigo, rescatados de la condena. 
Haz que no eludamos nuestras responsabilidades, 
concédenos vivir en tu humillación, a salvo de toda pretensión de omnipotencia, 
para renacer a una vida nueva como criaturas hechas para el cielo. Amén.

OCTAVA ESTACIÓN

Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén
Compartir, no sólo conmiseración

«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos» (Lc 23,28).

Las figuras femeninas en el camino del dolor se presentan como antorchas encendidas. Mujeres de fidelidad y valor que no se dejan intimidar por los guardias ni escandalizar por las llagas del Buen Maestro. Están dispuestas a encontrarlo y consolarlo. Jesús está allí, ante ellas. Hay quien lo pisotea mientras cae por tierra agotado. Pero las mujeres están allí, listas para darle ese cálido latido que el corazón ya no puede contener. Antes lo observan desde lejos, pero luego se acercan, como hace el amigo, el hermano o hermana cuando se da cuenta de las dificultades del ser querido.

Jesús se impresiona por su llanto amargo, pero les exhorta a no desgastar el corazón en verlo tan maltratado, a no ser mujeres que lloran, sino creyentes. Pide un dolor compartido y no una conmiseración sollozante. No más lamentos, sino deseos de renacer, de mirar hacia adelante, de proceder con fe y esperanza hacia esa aurora de luz que surgirá aún más cegadora sobre la cabeza de quienes caminan con los ojos puestos en Dios. Lloremos por nosotros mismos si aún no creemos en ese Jesús que nos ha anunciado el Reino de la salvación. Lloremos por nuestros pecados no confesados.

Y lloremos también por esos hombres que descargan sobre las mujeres la violencia que llevan dentro. Lloremos por las mujeres esclavizadas por el miedo y la explotación. Pero no basta compungirse y sentir compasión. Jesús es más exigente. Las mujeres deben ser amadas como un don inviolable para toda la humanidad. Para hacer crecer a nuestros hijos, en dignidad y esperanza.

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ORACIÓN

Señor Jesús, 
frena la mano que ataca a las mujeres. 
Libera su corazón del abismo de la desesperación 
cuando se convierten en víctimas de la violencia. 
Enjuga su llanto cuando se encuentran solas. 
Y abre nuestro corazón para compartir todo dolor, 
con sinceridad y fidelidad, 
más allá de la compasión natural, 
para hacernos instrumentos de la verdadera liberación. Amén.

NOVENA ESTACIÓN

Jesús cae por tercera vez
Superar la nociva nostalgia

«¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?; ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?… Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado» (Rm 8,35.37).

San Pablo enumera sus pruebas, pero sabe que Jesús ha pasado antes por ellas, que en el camino hacia el Gólgota cayó una, dos, tres veces. Destrozado por la tribulación, la persecución, la espada; oprimido por el madero de la cruz. Exhausto. Parece decir, como nosotros en tantos momentos de oscuridad: «¡Ya no puedo más!».

Es el grito de los perseguidos, los moribundos, los enfermos terminales, los oprimidos por el yugo.

Pero en Jesús se ve también su fuerza: «Si hace sufrir, se compadece» (Lm 3,32). Nos muestra que en la aflicción siempre está su consuelo, un «más allá» que se entrevé en la esperanza. Como la poda de la vid que el Padre celestial, con sabiduría, hace precisamente con los sarmientos que dan fruto (cf. Jn 15,8). Nunca para cercenar, sino siempre para rebrotar. Como una madre cuando llega su hora: se inquieta, gime, sufre en el parto. Pero sabe que son los dolores de la nueva vida, de la primavera en flor, precisamente por esa poda.

Que la contemplación de Jesús caído, pero capaz de ponerse en pie, nos ayude a vencer la congoja que el temor por el mañana imprime en nuestro corazón, especialmente en este tiempo de crisis. Superemos la nociva nostalgia del pasado, la comodidad del inmovilismo, del «siempre se ha hecho así». Ese Jesús que se tambalea y cae, pero que luego se levanta, es la certeza de una esperanza que, alimentada por la oración intensa, nace precisamente durante la prueba, y no después de la prueba ni sin prueba. Por la fuerza de su amor, saldremos más que victoriosos.

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ORACIÓN

Señor Jesús, 
te rogamos que levantes del polvo al mísero, 
levanta a los pobres de la inmundicia, hazlos sentar con los jefes del pueblo 
y asígnales un puesto de honor. 
Quiebra el arco de los fuertes y reviste a los débiles de vigor, 
porque sólo tú nos haces ricos precisamente con tu pobreza 
(cf. 1 S, 2,4-8; 2 Co 8,9). Amén.

DÉCIMA ESTACIÓN

Jesús es despojado de las vestiduras
La unidad y la dignidad

«Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: “No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca”. Así se cumplió la Escritura: “Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica”. Esto hicieron los soldados»(Jn 19,23-24).

No dejaron ni un trozo de tela que cubriera el cuerpo de Jesús. Lo despojaron. No tenía manto ni túnica, ningún vestido. Lo desnudaron como un acto de humillación extrema. Sólo le cubría la sangre, que borbotaba de sus numerosas heridas.

La túnica queda intacta: es símbolo de la unidad de la Iglesia, una unidad que se ha de recobrar mediante un camino paciente, una paz artesana, construida día a día en un tejido recompuesto con los hilos de oro de la fraternidad, en un clima de reconciliación y perdón mutuo.

En Jesús, inocente, despojado y torturado, reconocemos la dignidad violada de todos los inocentes, especialmente de los pequeños. Dios no impidió que su cuerpo despojado fuera expuesto en la cruz. Lo hizo para rescatar todo abuso injustamente cubierto, y demostrar que él, Dios, está irrevocablemente y sin medias tintas de parte de las víctimas.

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ORACIÓN

Señor Jesús, 
queremos volver a ser inocentes como niños, 
para poder entrar en el reino de los cielos, 
purificados de nuestra suciedad y de nuestros ídolos. 
Retira de nuestro pecho el corazón de piedra de las divisiones, 
que hacen a tu Iglesia poco creíble. 
Danos un corazón nuevo y un espíritu nuevo, 
para vivir según tus preceptos 
y observar y poner en práctica tus leyes. Amén.

UNDÉCIMA ESTACIÓN

Jesús clavado en la cruz
En el lecho de los enfermos

«Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: “El rey de los judíos”. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: “Lo consideraron como un malhechor”»(Mc 15,24-28).

Y lo crucificaron. La pena de los infames, de los traidores, de los esclavos rebeldes. Esta es la pena que se aplica a nuestro Señor Jesús: ásperos clavos, dolor lacerante, la congoja de la madre, la vergüenza de verse acomunado a dos bandidos, la ropa repartida entre los soldados como un botín, la burlas crueles de quienes pasaban por allí: «A otros ha salvado y él no se puede salvar…, que baje ahora de la cruz y le creeremos» (Mt 27,42).

Y lo crucificaron. Jesús no desciende, no abandona la cruz. Permanece obediente hasta el fin a la voluntad del Padre. Ama y perdona.

También hoy, como Jesús, muchos hermanos y hermanas nuestros están clavados al lecho de dolor, en hospitales, asilos de ancianos, en nuestras familias. Es el tiempo de la prueba, de días amargos, de soledad e incluso de desesperación: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46).

Que nuestra mano nunca sea para clavar, sino siempre para acercar, consolar y acompañar a los enfermos, levantándolos de su lecho de dolor. La enfermedad no pide permiso. Llega siempre de improviso. A veces trastoca, limita los horizontes, pone a dura prueba la esperanza. Su hiel es amarga. Sólo si tenemos junto a nosotros a alguien que nos escucha, que nos es cercano, que se sienta en nuestro lecho…, entonces la enfermedad puede convertirse en una gran escuela de sabiduría, en encuentro con el Dios paciente. Cuando alguno toma sobre sí nuestra enfermedad por amor, también la noche del dolor se abre a la luz pascual de Cristo crucificado y resucitado. Lo que humanamente es una condena, puede transformarse en un ofrecimiento redentor por el bien de nuestras comunidades y familias. A ejemplo de los Santos.

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ORACIÓN

Señor Jesús, 
no te alejes de mí, 
siéntate en mi lecho de dolor y hazme compañía. 
No me dejes solo, tiende tu mano y levántame. 
Yo creo que tú eres el Amor, 
y creo que tu voluntad es la expresión de tu amor; 
por eso me encomiendo a tu voluntad, 
porque me confío a tu amor. Amén.

DUODÉCIMA ESTACIÓN

Jesús muere en la cruz
El suspiro de las siete palabras

«Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: “Está cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19,28-30).

Las siete palabras de Jesús en la cruz son una obra maestra de esperanza. Jesús, lentamente, con pasos que también son los nuestros, atraviesa toda la oscuridad de la noche, para abandonarse confiado en los brazos del Padre. Es el gemido de los moribundos, el grito de los desesperados, la invocación de los perdedores. Es Jesús.

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es el grito de Job, de todo hombre bajo el peso de la desgracia. Y Dios guarda silencio. Calla porque su respuesta está allí, en la cruz: él mismo, Jesús, es la respuesta de Dios, Palabra eterna encarnada por amor.

«Acuérdate de mí…» (Lc 23,42). La invocación fraterna del malhechor, convertido en compañero de dolor, llega al corazón de Jesús, que siente en ella el eco de su propio dolor. Y Jesús acoge la súplica: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,42-43). El dolor del otro nos redime siempre, porque nos hace salir de nosotros mismos.

«Mujer, ahí tienes a tu hijo…» (Jn 19,26). Pero es su Madre, María, que estaba con Juan al pie de la cruz, rompiendo el acoso del miedo. La llena de ternura y esperanza. Jesús ya no se siente solo. Como nos pasa a nosotros cuando junto al lecho del dolor está quien nos ama. Fielmente. Hasta el final.

«Tengo sed» (Jn 19,28). Como el niño pide de beber a su mamá; como el enfermo abrasado por la fiebre… La sed de Jesús es la todos los sedientos de vida, de libertad, de justicia. Y es la sed del mayor de los sedientos, Dios, que infinitamente más que nosotros tiene sed de nuestra salvación.

«Está cumplido» (Jn 19,30). Todo cumplido: cada palabra, cada gesto, cada profecía, cada instante de la vida de Jesús. El tapiz está completo. Los mil colores del amor lucen ahora con hermosura. Nada se ha desperdiciado. Nada se ha desechado. Todo se ha convertido en amor. Todo está cumplido, para mí y para ti. Y, así, también el morir tiene un sentido.

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Ahora, heroicamente, Jesús sale del miedo a la muerte. Porque si vivimos en el amor gratuito, todo es vida. El perdón renueva, sana, transforma y consuela. Crea un pueblo nuevo. Frena las guerras.

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Ya no más desesperación ante la nada. Más bien plena confianza en sus manos de Padre, recostado en su corazón. Porque, en Dios, cada fragmento se compone finalmente en unidad.

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ORACIÓN

Oh Dios, que en la pasión de Cristo nuestro Señor, 
nos has liberado de la muerte, heredad del antiguo pecado, 
transmitida a todo el género humano, 
renuévanos a imagen de tu Hijo; 
y, así como hemos llevado en nosotros por nacimiento
la imagen del hombre terrenal, 
haz que, por la acción de tu Espíritu, 
llevemos la imagen del hombre celestial. 
Por Cristo nuestro Señor. Amén.

DECIMOTERCERA ESTACIÓN

Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre
El amor es más fuerte de la muerte

«Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran» (Mt 27,57-58).

Antes de ser puesto en la tumba, Jesús es entregado finalmente a su Madre. Es el icono de un corazón destrozado, que nos dice cómo la muerte no impide el último beso de la madre a su hijo. Postrada ante el cuerpo de Jesús, María se encadena a él en un abrazo total. Este icono se llama simplemente «Piedad». Es desgarrador, pero demuestra que la muerte no quiebra el amor. Porque el amor es más fuerte que la muerte. El amor puro es perdurable. Ha llegado la tarde. La batalla está vencida. El amor no se ha truncado. Quién está dispuesto a sacrificar su vida por Cristo, la encontrará. Transfigurada más allá de la muerte.

En esta trágica entrega, se mezclan lágrimas y sangre. Como en la vida de nuestras familias, atribuladas a veces por pérdidas imprevistas y dolorosas, creando un vacío insalvable, sobre todo cuando muere un niño.

Piedad, entonces, significa hacerse cercanos de los hermanos en luto y que no se resignan. Es una caridad muy grande cuidar de quien está sufriendo en el cuerpo llagado, en la mente deprimida, en el ánimo desesperado. Amar hasta el final es la suprema enseñanza que nos han dejado Jesús y María. Y la misión fraterna diaria de consuelo, que se nos entrega en este abrazo fiel entre Jesús muerto y su Madre Dolorosa.

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ORACIÓN

Oh, Virgen de los Dolores, 
que en nuestros santuarios nos muestras tu rostro de luz, 
mientras que con los ojos hacia el cielo 
y las manos abiertas 
ofreces al Padre un signo de ofrenda sacerdotal, 
la víctima redentora de tu Hijo Jesús. 
Muéstranos la dulzura del último fiel abrazo 
y danos tu maternal consuelo, 
para que el dolor cotidiano 
nunca apague la esperanza de vida más allá de la muerte. Amén.

 

DECIMOCUARTA ESTACIÓN

Jesús es puesto en el sepulcro
El jardín nuevo

«Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía… Allí pusieron a Jesús» (Jn 19,41-42).

Aquel jardín, donde se encuentra la tumba en la que Jesús fue sepultado, recuerda otro jardín: el Jardín del Edén. Un jardín que, a causa de la desobediencia, perdió su belleza y se convirtió en desolación, lugar de muerte en vez de vida.

Las ramas silvestres que nos impiden respirar la voluntad de Dios, como el apego al dinero, la soberbia, el derroche de la vida, se han de cortar e injertarlas ahora en el madero de la cruz. Este es el nuevo jardín: la cruz plantada en la tierra.

Desde allí, Jesús puede ahora llevar todo a la vida. Cuando retorne de los abismos infernales, donde Satanás ha encerrado a muchas almas, comenzará la renovación de todas las cosas. Aquel sepulcro representa el fin del hombre viejo. Y, como para Jesús, Dios tampoco ha permitido para nosotros que sus hijos fueran castigados con la muerte definitiva. La muerte de Cristo abate todos los tronos del mal, basados en la codicia y la dureza de corazón.

La muerte nos desarma, nos hace entender que estamos expuestos a una existencia terrenal que termina. Pero, ante ese cuerpo de Jesús puesto en el sepulcro, tomamos conciencia de lo que somos: criaturas que, para no morir, necesitan a su Creador.

El silencio que rodea ese jardín nos permite escuchar el susurro de una suave brisa: «Yo soy el que vive, y yo estoy con vosotros» (cf. Ex 3,14). El velo del templo se rasgó. Finalmente vemos el rostro de nuestro Señor. Y conocemos plenamente su nombre: misericordia y fidelidad, para no quedar nunca confusos, ni siquiera ante la muerte, porque el Hijo de Dios fue libre en medio de los muertos (cf. Sal 87,6 Vulg.).

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ORACIÓN

Protégeme, oh Dios, en ti me refugio. 
Tú eres mi heredad y mi copa, 
en tus manos está mi vida. 
Te pongo siempre ante mí, como mi Señor, 
contigo a mi derecha, no vacilaré. 
Por eso se me alegra el corazón, se regocija mi alma, 
y también mi carne descansa segura. 
No abandones mi vida en el abismo 
ni dejes a tu fiel conocer la corrupción. 
Me enseñarás el sendero de la vida, 
me saciarás de gozo en tu presencia, 
de alegría perpetua a tu derecha. Amén. 
(
cf. Sal 15)

(fotografía: Revista Ecclesia)

Domingo de Ramos 2014

| 13 abril, 2014

La Orden acudirá corporativamente a la Procesión y Pontifical del Domingo de Ramos y los Santos Oficios de  la Santa Iglesia Catedral Hispalense. Serán presididos por S.E.R. Don Juan José Asenjo, Arzobispo de Sevilla y Gran Maestre Protector de la Orden.

La vida en el Monasterio de Santa Paula

| 28 marzo, 2014

La vida en el Monasterio de Santa Paula
Venir al Monasterio para ser feliz.

La felicidad solo la puedo encontrar viviendo el plan que Dios ha hecho para mi y este plan es la identificación con Cristo; identificación con Cristo que supone tomar la cruz, seguirle y participar en la Resurrección.

El ámbito vital del monje o monja jerónima es la vida común, la vida comunitaria. No nos hemos reunido por casualidad con nuestros hermanos o hermanas para vivir juntos, sino que nos ha congregado, nos ha llamado a vivir juntos el amor de Cristo. El Señor nos ha escogido para que vivamos en una comunidad que anticipa, de alguna manera, lo que será el Reino de Dios.

La comunidad monástica debe ser vista como un don de Dios, y como un misterio, porque hay una realidad más profunda que aquella que capta la razón humana, que aquella que captan nuestros sentidos.

El monasterio es la escuela del servicio divino. Es la escuela donde se aprende a amar, amar a Dios y amar a los hermanos. Y este amor debe extenderse a toda la Humanidad, y por ello, como dijo Pablo VI, debemos llevar la pasión del mundo entero en nuestro corazón.

En el artículo 5 de nuestras Constituciones o Regla de vida se sintetiza muy bien lo que es nuestra vida jerónima:

“Nuestra vida es Cristo y nuestro fin: conocer, amar y seguir a Cristo, es más “ser lo que es Cristo” y en El, con El y por El, unirnos a Dios, Uno y Trino, glorificándole y santificándonos, “en cuerpo y espíritu”, mediante una vida común y claustral, de oración, trabajo y alegre sacrificio, fundada:

1. en el estudio amoroso de la Santas Escrituras,
2. en la participación diaria y gozosa en la Sagrada Liturgia,
3. en el cultivo del indispensable ambiente de soledad y silencio,
y expresada:
1. en la irradiación de la caridad,
2. en la práctica de la hospitalidad,
3. en el ejercicio perseverante de las virtudes y consejos evangélicos que forman el santo propósito de la vida jerónima, según la doctrina y ejemplos de sus santos padres: Jerónimo y Paula.

La campana para levantarnos toca a las 5,50 h.

Empezamos el día a las 6,30 h. con la alabanza divina. El Oficio de lectura y Laudes, es nuestro primer encuentro con el Señor. El Oficio divino, en cuanto oración pública de la Iglesia, es, además, fuente de piedad y alimento de la oración personal, por eso se nos exhorta a todos los que participamos en dicho Oficio, que al rezarlo, nuestra mente concuerde con nuestra voz. La Liturgia de las Horas está distribuida a lo largo del día para santificación del tiempo. La Liturgia de las Horas es alabanza e intercesión.

Sigue la oración personal, que es o debe ser el ambiente habitual de la vida jerónima. Con nuestra vida de oración no solo litúrgica, sino a nivel personal también cooperamos a la identificación y al incremento del Cuerpo Místico de Cristo. Esta oración personal de intercesión es parte de nuestra vocación. Intercesión en el sentido de orar a favor de los demás.

La oración nos aumenta la fe, la esperanza y nos mueve a vivir la caridad. La oración personal nos abre a la dinámica del Reino y nos hace progresar en la vida espiritual.

A las 8,00 h. tenemos la Eucaristía. La Eucaristía es la presencia del Misterio Pascual. El centro de nuestra vida espiritual es la vida litúrgica y en la jornada diaria, el centro de nuestra vida espiritual es la Eucaristía.

La Eucaristía debe ser realmente el momento fuerte, el momento central, el momento nuclear de la jornada, a partir del cual, tomen sentido el resto de las actividades de la liturgia, de la oración personal, comunitaria y de las demás actividades de la vida de nuestro monasterio.

Después de la Eucaristía tenemos Tercia, que es una de las Horas menores.

Sigue el desayuno sobre las 9,00 h.

Y a las 9,30 h. se toca la campana para acudir al trabajo. Cada monja tiene asignada una Oficina. Por ejemplo, una Oficina es el Obrador, donde se elaboran las mermeladas, otra Oficina es la Enfermería, otra la Ropería, etc.

Nuestro trabajo tiene una doble dimensión: por una parte colaboradores de la creación de Dios y por otra parte participar de esa dimensión de penitencia que tiene como consecuencia del pecado. Esta dimensión de penitencia debemos vivirla con solidaridad, pensando que hay mucha gente que se cansa mucho más que nosotras.

El lema de nuestro Obrador, siguiendo la ley del monaquismo antiguo es Ora et Labora, quien se consagra a la vida jerónima acepta también plenamente la ley del trabajo.

El trabajo implica la inteligencia y la voluntad que son dos facultades características del ser humano. La inteligencia para hacerlo bien y la voluntad para no librarnos de él.

El trabajo debe contribuir a nuestra santificación, santificación entendida como identificación con Cristo. Para que sea realmente santificación hace falta que lo vivamos como un deber, como una obediencia a la voluntad de Dios.
A las 13,30 h. volvemos al Coro para cantar Sexta, otra de las Horas menores.

Después de Sexta tenemos la comida. La comida la hacemos en silencio y una de las hermanas, la que le toca por turno, lee algún texto o algún libro sobre vida monástica o algún otro tema referente a nuestra vida.

Hay algunos días en los que se puede hablar comiendo, como es la semana de Pascua de Navidad y en la Pascua de la Resurrección, y también en algunas solemnidades o cuando lo crea conveniente la Madre Priora.

A continuación es tiempo de silencio y de descanso hasta las 16,15 h. que suena la campana para el rezo de Nona, otra de las Horas menores. Seguido del rezo del Rosario.

El silencio es el clima indispensable para nuestra vida. El silencio es necesario para tener paz interior, para ser más capaces de acoger la Palabra y para ser más capaces de la acogida del otro. Nuestro silencio también es identificación con Cristo.

Terminado el Rosario empieza el recreo a las 17,15 h. hasta las 18,15 h. Comienza con una lectura, que suele leer la Madre Priora y que dura un cuarto de hora, después sigue la recreación. Es un rato de comunicación espontánea, en donde hablamos un poco de todo, nos reímos, etc. Rato de distensión y de encuentro con las hermanas.

De 18,15 a 19,00 h. es la hora de la Lectio divina, uno de los pilares de nuestra vida de oración, junto a la liturgia y junto a la oración personal.

San Jerónimo nos dice que “la ignorancia de las Sagradas Escrituras es ignorancia de Cristo”, donde “nos dan a conocer todos los misterios de Dios” donde “nos hacen entrar en los pensamientos eternos”. Por lo tanto la Escritura debe llevarnos a profundizar el misterio de Cristo y por consiguiente debe llevarnos a cambiar nuestra vida.

La Lectio debería ser una lectura para dejarnos impactar por la Palabra. Si nos ponemos cada día ante la Palabra de Dios, aunque nuestro corazón sea duro, la Palabra de Dios lo va penetrando directamente. Implica pues, sentirse implicado con el Autor del texto, que es Dios.

A las 19,00 h. tenemos las Vísperas. Laudes y Vísperas son las dos Horas importantes de la Liturgia. Con la asistencia al Coro se debe ir transformando poco a poco nuestro corazón, adentrándonos en los sentimientos de Cristo. Además debe ir creando un nexo de unión con las hermanas o hermanos de comunidad que rezan el Oficio divino y no solamente con ellos sino con los que en otras partes del mundo o en otras partes de la Iglesia rezan la misma alabanza de las Horas.

Después de las Vísperas sigue otro rato de oración personal, hasta las 20,30 h. en que tenemos la cena. Igualmente que en la comida se hace en silencio y se lee el comentario de la Eucaristía del día siguiente.

Cuando se termina de recoger en la cocina y terminan las enfermeras se toca la campana para acudir a Completas que es el último rezo del día. Las Completas empiezan reconociéndonos pecadoras y pidiendo perdón, es decir, haciendo un examen de conciencia. También damos gracias por los dones recibidos durante el día.

Una vez concluidas las Completas hay “silencio mayor” hasta el día siguiente después de Laudes. Es tiempo para descansar o para rezar y no para otras cosas.

Como se puede ver el horario monástico está muy estructurado, no se puede perder el tiempo. Los sábados no hay recreo, por tanto desde que termina el Rosario hasta que empiezan las Vísperas, hay un tiempo para que cada una aproveche como quiera.

A pesar de ese horario estructurado es fácil acomodarse y desentenderse, de hacer un poco “mi vida”. Esto dependerá de la responsabilidad de cada una y de la fidelidad al compromiso contraído. Dependerá de nuestro amor: a mayor amor, mayor entrega.

El monasterio es la escuela de la que nunca saldremos hasta el día de nuestra muerte. Es la escuela donde estaremos toda la vida aprendiendo.

El Sr. Luis Mira, Caballero de la Orden de San Clemente y San Fernando, y director de la revista anual de la Junta Mayor de Cofradías y Hermandades de Semana Santa 2014 de Novelda nos ha pedido que escribamos un artículo para dicha revista en el que expliquemos cómo es la vida en el Monasterio de Santa Paula.

El Monasterio está vinculado a la Orden de San Clemente y San Fernando, somos Comendadoras de la Orden. Recientemente la Orden dispone de una casa adyacente al Monasterio que utilizan como Casa Capitular.

Sor Marta, una monja jerónima
Sevilla, 2 de marzo de 2014

A continuación les dejamos cómo quedó el artículo en la revista de Semana Santa de Novelda del año 2014.

CUARESMA Y LIMOSNA

| 28 marzo, 2014

CUARESMA Y LIMOSNA

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos llegando al ecuador de la Cuaresma. La invitación a la oración, el ayuno y la limosna, que nos hacía la liturgia del Miércoles de Ceniza, nos indica el camino a seguir en este tiempo fuerte del año litúrgico, en el que todos estamos llamados a la conversión, que nos prepara para celebrar el Misterio Pascual, centro de la fe y de la vida de la Iglesia. La participación en el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte, que actualizaremos en la Vigilia Pascual, exige ciertamente un “pueblo bien dispuesto” (Lc 1,17), a través de la meditación de la Palabra de Dios, la penitencia, el dominio de nuestras pasiones y la práctica de la caridad.

Oración, ayuno y limosna, como nos pide Jesús en el Sermón del monte (Mt 6,2-18), continúan siendo los caminos fundamentales para vivir el éxodo espiritual que es la Cuaresma, contribuyendo poderosamente a nuestra conversión y a restaurar en nosotros la comunión que el pecado destruye. La libertad interior que acrecienta en nosotros el ayuno nos reconcilia con nosotros mismos, la oración robustece nuestra comunión con Dios, y la limosna y la caridad fraterna nos reconcilian con los hermanos.

Esta triple reconciliación encuentra su vínculo de unión en el amor, que es el corazón de la vida cristiana y el núcleo del mandamiento nuevo (Jn 13,34), que hemos de vivir no simplemente como una obligación, sino como la respuesta al amor con que Dios nos ha amado primero y viene a nuestro encuentro (1 Jn 4,10), un amor con el que Él nos enriquece y que nosotros debemos comunicar a los demás.

Desde esta perspectiva es imposible separar el amor a Dios y al prójimo, ya que como nos recuerda el apóstol San Juan, no podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos si no amamos al prójimo a quien vemos (1 Jn 4,20). El amor al prójimo es un camino privilegiado para encontrar a Dios, del mismo modo que el amor verdadero al prójimo sólo es posible a partir del encuentro íntimo con Dios.

Estas reflexiones pueden iluminarnos a la hora de practicar durante esta Cuaresma la limosna, a la que nos invita el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año. En él nos insta a socorrer a los necesitados viendo en ellos el rostro de Cristo, conscientes de que la limosna es también un ejercicio ascético que nos ayuda a liberarnos del apego de los bienes terrenales, a no idolatrarlos, acogiendo en nuestro corazón la palabra de Jesús que nos dice “No podéis servir a Dios y al dinero“.

Si tomamos en serio el Evangelio, en realidad no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores. Hemos de compartirlos, pues, con aquellos hermanos que sufren la indigencia y el abandono más terribles y a los que debemos socorrer, primero por un deber de justicia y después por un deber de caridad. El Papa Francisco nos dice que “Cuando […] el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, la igualdad, la sobriedad y el compartir”.

En la práctica de la limosna hay dos peligros: el primero es la vanagloria y el afán de llamar la atención. Nuestra limosna, sin embargo, debe ser para la gloria de Dios y no para acrecentar nuestro orgullo; debe servir para socorrer a nuestros hermanos y no para obtener el aplauso que hincha nuestra vanidad. El segundo peligro es convertir la limosna en pura filantropía sin raíces sobrenaturales, cuando debe ser ante todo expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios, que después nos mueve a amar a nuestros hermanos por amor a Él y como Él los ama.

Los frutos de la limosna son la paz, el gozo espiritual, la alegría que el Señor nos regala y también el perdón de los pecados, pues como nos dice el apóstol San Pedro, «la caridad cubre multitud de pecados» (1 Ped 4,8). Es una práctica eminentemente cuaresmal, a la que nos invita el Señor, que “siendo rico, por nosotros se hizo pobre” (2 Cor 8,9). La Cuaresma nos urge a seguir su ejemplo a través de la práctica de la limosna, a hacer de nuestra vida un don total, a estar dispuestos a dar no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos, que es la quintaesencia del Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas: al mismo tiempo que os invito a ser desprendidos en esta Cuaresma, reconociendo en los pobres al Señor, os invito también a tomaros muy en serio este tiempo de gracia y salvación, caracterizado por el esfuerzo personal y comunitario de conversión y de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

Obituario

| 13 marzo, 2014

El Señor ha llamado a su lado a sor María Guadalupe, monja jerónima del Monasterio de Santa Paula, Comendadoras de la Orden.

Nos unimos en la oración a su comunidad y pedimos por su alma.